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Cuento ficción: Playa nudista de Caleta Horcón, Chile, el último paseo
Cuando estacionamos en Caleta Horcón, pensamos que habíamos llegado piolitas. A la playa La Luna, solo había unos kilómetros de felicidad… Mario sintió una mano en su hombro. Entonces supimos que el vecino de siempre, la señora del vecino de siempre y los hijos de siempre, irían casi, en la misma dirección. Nos saludamos de besos y abrazos los cuatro cínicos, al despedirnos el matrimonio quedó instalado al borde de los arrecifes tapados con algas. Al viento...una leve sonrisa acusadora. No nos importó. Seguimos camino desafiantes. Toda tímida boté mi vestido y mis chalas y con Mario, piluchos, corrimos libres a la mar. Caminamos y caminamos pisando la recia arena y nos besamos en el primer veril. No había quién me sacara del agua y de no ser por las buenas y malas costumbres asumidas por los asistentes, casi me mato de la risa cuando vi a Mario en la orilla todo, todo encogido, engurruñado por el frio. Pensé echada en la arena que estaba divina, sobre mi toallón rojo mi carácter instantáneamente comenzó a cambiar. El viento me llevó la sombrilla amarilla y casi corrí diez metros. Nadie se fijó en mí, absolutamente nadie se fijó en mi. Mario, no me besó más mientras estuvimos en la arena, semi abrazados los celos me consumieron. Mario tenía unas nalgas duras y redondas, más duras que las mías. Tumbado boca abajo tapaba mis senos con su brazo y se quedó dormido por varias horas. Nunca más salimos juntos, mi vanidad se deshizo por un día. Regresé con una convicción incontable después de tantas miradas sobre aquel poto irreverente y la inmensa felicidad de Mario en medio de La Luna. Una felicidad que solo Bolaños hubiere descrito perfectamente y que yo, hubiere dejado en un closet.
La sed de las palabras.
- Hola.
- Hola… ¿por qué regresas?
- Creo, es más estoy convencida, que no hemos dialogado.
- ¿Qué implicaría el diálogo?
- Va más allá de la intención, es un ir y venir, puede ser un gesto, una mirada y ésa mirada puede ser un segundo, pero un segundo sostenida. Hoy, tengo sed de palabras.
- Hola… ¿por qué regresas?
- Creo, es más estoy convencida, que no hemos dialogado.
- ¿Qué implicaría el diálogo?
- Va más allá de la intención, es un ir y venir, puede ser un gesto, una mirada y ésa mirada puede ser un segundo, pero un segundo sostenida. Hoy, tengo sed de palabras.
Insanas aspiraciones de un tipo. 2da. parte
Pasó por debajo de los árboles. Se detuvo involuntariamente con la brisa y el verde estación. Agotada, encima de sus tacos aguja y envuelta en un atuendo de brillos extraordinariamente anacrónico para las diez de la mañana revisó el móvil. Detrás quedó el portazo. De vuelta, en mensaje de texto, las habituales pretensiones de matrimonio de "el tipo" del post de abajo.
Texto
Quiero que me expliques eso de que dos putos no pueden convivir.
El viernes… la azul.
Te amo.
Tecleó otro para él.
Texto
Viernes no, examen en la U. Un beso.
La chica retomó su marcha. Al pasar entre la gente, volteó su cabeza. Un joven pintaba el parque en las páginas de su cuaderno. El fondo, era rojo.
Foto del Blog de HOWL
Insanas aspiraciones de un tipo. 1ra. parte
Corrió las cortinas de su pieza y agradeció al sol estar vivo. Se acostó nuevamente a su lado y encendió la tele. Se fumó un cigarro, tomaron café y de ahí el tipo se levantó. Tenía un horrible olor a nicotina y escupió en el lavamanos su esencia. La chica, sintió asco de que la abrazara nuevamente y se vistió. En el bolso estaba el billete. Cerró la puerta de un tirón y el tipo quedó molesto. Cada vez que estaban juntos, la chica se iba sin darle un beso.
Aquella niña que dejé en el Cuzco
Se fueron de Chile siendo muy jóvenes como tantas veces a comprar figuritas de bronce para armar otras cosas y exportarlas. Eran tan artesanos como los proveedores, pero allí puede que hayan pensado que eran millonarios porque al hombre que fundía las figuritas en la hoguera de su propia casa, le compraban de cientos en cientos cada vez que iban.
El padre fundía, la madre se encargaba de los quehaceres y la niña mayor bajaba con sus hermanos a vender a la plaza del Cuzco. En la espalda cargaba a los dos niños y en la cesta cargaba todo el bronce. Así caminaba kilómetros y kilómetros ida y vuelta. Cuando menos cargaba era cuando ellos llegaban y compraban.
Un día el padre de la niña los invitó a que pasaran a la casa en la tarde. Llegaron, se sentaron y no entendieron lo que habían escuchado en tono ceremonial.
Miró los ojos de la madre y ella bajó la cabeza. El señor les estaba regalando la niña. El padre dijo que se la quería llevar un matrimonio de gringos y la madre prefería que se fuera con los chilenos. El padre se ofreció a pasarla por la frontera.
Los jóvenes pelearon, la joven artesana dijo “me la llevo”, el joven artesano dijo "no, no podemos, como vamos a legalizar todo; estás loca, hasta podríamos ir presos, somos dos simples artesanos".
Han pasado años y años, ya no son tan jóvenes y están divorciados. El no resultó ser tan responsable.
Hasta el sábado que nos contó entre copas y vinos su historia, ella recuerda la cara de esa niña y el peso de aquella cesta.
Conmigo, estuviera feliz- nos dijo.
Cuentos de la Paty
I
Llamó mi atención. Era tan flaco y feo y además cojo, tal vez, de alguna pelea o atropello -pensé- y sus ojos tan tristes, ojos abandonados por todos y casi sin esperanzas.
- Tú Pedro, estarás extrañado que yo te hable ¿no es cierto?. Dijo, mirándome.
Retrocedí asustado. Cómo podía ser que un perro hablase. Miré a las demás personas que seguían pasando. Cada una con sus propios pensamientos y necesidades. Ninguna parecía percatarse de lo que allí sucedía. Entonces, me di cuenta que solo yo podía comunicarme con ese pequeño ser.
- No temas - me dijo. Soy y fui manso como ninguno y jamás reclamé por nada. Acepté todo.
- ¿Pero como reclamar, si tu, eres un perro?
- Lo soy y no lo soy. Fui antes un humano como tú. Si miras a nuestro alrededor, verás que todos los otros perros también pueden hablar. Todos los que estamos aquí morimos y como teníamos nuestros pecadillos, fuimos enviados a la calle en el cuerpo de estos míseros canes. Acá, está el purgatorio. Ustedes no nos alimentan, no nos dan cariño ni cobijan. Aunque, existen personas lindas y caritativas que nos llevan a sus casas y nos adoptan. Ese es el cielo para nosotros y para esas personas, pues el amor que les entregamos es para siempre, inconmensurable. Ellos, los humanos que nos desprecian y nos dejan botados, también viven su purgatorio, jamás conocen nuestro cariño y fidelidad y viven solos y atados a sus egoísmos y depresiones y a lo material.
Estaba a punto de desmayarme, de pronto, despierto. Estaba en mi cama, en mi cuarto de soltero. Salté al suelo, me duché, me vestí y salí a la misma calle de mi sueño. Me sentí invadido por un gran desasosiego. Miré y allí estaba él con sus grandes ojos. Mirándome.
Patricia Segura
Viña del Mar, septiembre/2008
Cuido niños de astronautas mientras van a la Luna
Mi amiga estaba sentada en un lugar público, a su lado un hombre joven no tan joven, aseado, bien vestido, con cara infantilota. Un padre dejó un niño en el sofá grande del centro comercial y se alejó entrando a uno de los locales.
- ¿Qué haces? Le preguntó el chico que se sentó a su lado.
- Yo, cuido niños de astronautas. Le dijo el joven.
- ¿En serio?
- Si, ¿conoces a alguien más que lo haga o tienes algún vecino astronauta?
- No, es que mi padre dice que para ser alguien debo ir a la Universidad.
- Ah, claro por supuesto, yo crecí y ya he ido tres veces. Las dos primeras me fue bien y la tercera me fue mal. Además sé hacer otras cosas que aprendí en la Universidad.
- ¿En serio?
- Si.
- ¿Y tienes que trabajar mucho? ¿Te da tiempo para ver a tus hijos?
- No, trabajo solamente cuando hay vuelos ínter espaciales y además es mientras van a la Luna.
- Yo fui al Museo de Ciencias y vi la luna, las estrellas y los planetas, aprendí mucho con el profe.
- Bueno, pregúntale a tu profesor, dile que te enseñe todo. Que tú quieres saber de la vida de los astronautas. Todo eso es matemática. Es un tanto difícil.
-Yo sé mucho, los números de mi casa, de la alarma, del computador, porque yo entro cuando juego solo y además tengo mi celular.
- Ya, yo te doy mi mail y luego chateamos. Yo te digo lo que yo sé y tú me dices lo que sabes y vemos quién sabe más.
- Bueno. Pero le tengo que pedir permiso a mi papá. Espera que regreso.
Eso fue todo lo que escuchó mi amiga congelada en el sofá. El hombre nervioso se paró, la miró y se perdió. Fijó la vista en su ropa y leyó un cartel en su espalda. Decía:
“Cuido niños de astronautas cuando van a la Luna y además, soy pedófilo. No me puedo contener”.
La Breve Historia contada por Gilbert Hinostroza. 2da.parte.
La fiel vecina olvidó por un instante toda su educación universitaria y en su labor de improvisada traductora y confidente, lo empapeló a chuchá en el nombre de todos utilizando la misma vía electrónica. Conocedora de los misterios de la gestación y del parto, reservó en secreto el mensaje por muchos años y le hizo creer a mi madre, que mi padre, con mucho dolor, había sido destinado a tierra y, en consecuencia, ya no podría comunicarse. Jeanne, residente en un cerro de esa hermosa ciudad que era Valparaíso, toda hinchada se deshizo en llanto ésa madrugada y otras más, con el consuelo de Yaya y de su traductora. A mi vecina la llevo con mucho cariño, por ella crecí en la población señalado como el hijo del gringo y, eso me favoreció muchas veces, es por ella, que digo así cuando me refiero a mi padre. Un día, Morjori, se levantó temprano, me vistió con lo mejor del closet, maquilló sus ojeras y se dirigió toda una dama a las oficinas gubernamentales frente al Reloj Turri. Le dieron paso en la fila y sentada tranquilamente en un buró con funcionario y computador incluido, sacó pecho y le dijo, dignamente, al circunspecto varón “mi guagua llevará el nombre de su padre y mis apellidos, Gilbert Hinostroza Hinostroza”; así fue como nací a la vida civil e ingresó mi nombre en el territorio cibernético. Acaban de copiar de mi cerebro, todas esas imágenes para un artefacto computacional que han instalado en la Embajada Norteamericana de Santiago de Chile, soy hijo de un mártir y viajo a la Ciudad Patrimonial de Hollywood, debí pasar por el trámite de filiación, ya no hacen falta documentos ni declaraciones personales ni otros elementos probatorios de los antiguos abogados, a la entrada, un súper equipo, donde uno se introduce, capta todo el perfil genético y las imágenes cerebrales, las compara con los archivos del banco de ADN de los soldados de Irak y si coinciden los códigos, a uno le instalan un microchip y puede trasladarse a los Estados Unidos sin otros trámites ni pasaporte, por supuesto, no hay reclamaciones porque el margen de error se ha estrechado digamos que, exageradamente. Es más, todo lo que mi padre habló a través de la cámara web, las imágenes de mi madre encinta, los chats, y hasta las chuchá de la vecina, están archivadas en el banco. Los que escribieron sobre el ejercicio militar conjunto entre los militares chilenos y los norteamericanos en mayo del año dos mil ocho en Valparaíso, cuentan que las personas que pagaron una costosa lancha de turismo en el puerto para ver el portaaviones de mi padre bien cerca, quedaron sorprendidos con aquella cosa inmensa y destructora, advirtieron una tecnología superpotente para la época, y aunque, un tanto ridículos saludando la masa de hierro, según vi en las imágenes de archivo, tenían razón, las guerras por el petróleo, como muchas guerras, fueron acompañadas de avances científicos, después hasta supimos que la intensa neblina que hubo en la ciudad por esos únicos días que mi madre y mi padre disfrutaron juntos, había sido generada desde el buque nuclear.
Esta es la breve historia de mi nacimiento, con cierta ternura porque así escribo, pienso y respiro, en mi quedó probada la teoría de la resiliencia; a pesar de todo, soy una persona feliz, que amo de manera diferente, antiguamente, otras personas, nos discriminaban y nos decían homosexuales en tono despectivo, hoy, ya no es tema, por el contrario, el desarrollo normal de mi feminidad me hizo comprender a mi madre, su vida ajena a la política, al significado de la palabra portaaviones y a todo en torno a la guerra, a su auto instrumentación como objeto sexual. Entendí el amor de Jeanne por su marinero y así pude conocer a Marjori, su vida, su locura y su partida después del maremoto. Pero, como les contaba al inicio la escasez de agua y su precio, es el tema actual, estoy viviendo en el año 2029 y puede que cuente otras historias, todo, dependerá de este viaje, estan por instalarme el chip.
La breve historia contada por Gilbert Hinostroza
Soy hijo de madre soltera, antes eso era un problema ya no, ahora con el precio del agua no importa otra cosa. Mi padre, cabo segundo de la Marina Norteamericana, murió en combate en el año 2009, él había conocido a mi madre en el puerto de Valparaíso cuando vino a unos ejercicios militares un año antes. Para ese entonces, mi madre que se llamaba Marjori pero se apodaba Jeanne, tenía 21 años y era una morena muy atractiva, de facciones toscas pero en armonía con un cabello negro largo hasta la cintura, que la destacaban en cualquier lugar, ella hacia gala de ser porteña y además ...chora. Dicen que fui un niño muy lindo, de ojos azules y cabello rubio margarina con hermosos cachitos en la nuca, un niño mezcla, eso sí, muy parecido a mi madre, pero un niño inquieto y jodido. Mi madre después de mi nacimiento, recompuso un poco su vida y comenzó a trabajar como empleada en unos laboratorios que tenían su oficina en una Torre de Viña; el nombre no lo recuerdo, creo que comenzaba con C y era un tremendo edificio que estaba cerca de la playa y que se vino abajo en el maremoto de agosto del año 2010, tuvo que ser rescatada con oxígeno y por suerte estaba saliendo del edificio cuando todo, sorprendió a todos. Mi madre vio a muchas amigas del trabajo quedar atrapadas en los ascensores, fue ese año que ella enloqueció y, luego, se fue con otro hombre que tampoco conocimos. Para ésa época, los carabineros tomaban la denuncia de presunta desgracia, buscaban a la persona y la devolvían a casa, pero con mi madre no fue así, nadie la encontró y, mi abuela Yaya, se hizo cargo de mi. Con nada, la ayuda del SENAME y, un poco de los vecinos, crecí. Yaya, me contó que su única hija siempre vivió enamorada de mi padre y le habló de su amor y de su despedida muchas veces, durante muchos años.
“I want to be free”, esas fueron las últimas palabras que balbuceó mi padre gringo que vino en un inmenso portaaviones, antes de un desfile militar que hacían todos los 21 de mayo. Su novia Jeanne, que anotó su mail en una servilleta del local nocturno, toda amorosa ella y sollozando con tercero medio para la época, le respondió: “Yo también te quiero mucho mi amor”. Pasó una semana, luego un mes y otro y otro y, desde su potente barco, el gringo vio crecer la pancita por Internet. Siete meses y se juraron, por siempre un amor cibernético eterno, con votos sellados a través de una antigua cámara Web, ya que, obviamente en Irak estarían por long time. Un día, estando mi madre en sus sacrificadas pero hermosas labores de parto, justamente a la misma hora de los pujos, una vecina que mantenía el servicio del cable y, por un módico precio, nos facilitaba el acceso a la Web, recibió un mail donde el gringo le dice: “I sorry, my love, perhaps not the father”.
Continuará..
Gracias Señor por permitirme
Tengo ocho meses de gestación, soy una mujer de 33 años, en esta larga espera para ir a la consulta con el doctor me traslado, a mi pesar, a través del mundo subterráneo de mi cuidad. Puede que esté en Madrid, o en Nueva York o, tal vez, en Sao Paulo, podría ser, solo sé que entiendo lo que escucho y leo, no estoy en Asia ni en África, además soy bilingüe. Estoy desempleada, sin fuero maternal, mi empleador me echó cuando lo supo.
Ya no me sorprenden los códigos del metro, pero me asquean los olores, los ruidos, el gentío, las apariencias de los ejecutivos, el mundo de las secretarias, empleadas del servicio doméstico, visitantes provincianos bajando y subiendo por la estación cargados de bultos, apariencias, cuchicheos, chiquillos en el piso, risas, apretones, ringtones, publicidad, graffitis, revendedores, guardias de seguridad, cobradores, mendigos escoltando entradas y salidas, y un ruido, siempre un ruido detrás, un sonido extraño, fabril, que viene de los rieles. La línea divisoria me parece segura, más no confío, en otros, en los imprudentes, me aparto de la línea, pero no puedo dejar este mundo, es el transporte más rápido, el más seguro, además soy urbana aunque no pueda comprender semejante definición.
Soy una futura madre no planificada. La píldora del día después, no la busqué, dudé, además siempre me pregunto ¿del día después de qué?. Recuerdo una canción, no es precisamente de esta ciudad pero me dice algo sabio, .. “chivo que rompe tambor con su pellejo paga”. Por Dios, casi revelo la identidad de esta mujer que soy.
Estoy llegando a mi destino, mi casa, donde seguiré siendo una carga para mi marido que me ama. Todo bien en la consulta, pero ahora todo es incierto, sigo con esa sensación y ese sabor extraño en mi boca, voy directo al refrigerador, por fin en casa; repito mis plegarias una y otra vez, mis pasos rápidos van en una sola dirección. Gracias Señor, gracias, por permitirme ¡mi batido de leche con chocolate!
Ya no me sorprenden los códigos del metro, pero me asquean los olores, los ruidos, el gentío, las apariencias de los ejecutivos, el mundo de las secretarias, empleadas del servicio doméstico, visitantes provincianos bajando y subiendo por la estación cargados de bultos, apariencias, cuchicheos, chiquillos en el piso, risas, apretones, ringtones, publicidad, graffitis, revendedores, guardias de seguridad, cobradores, mendigos escoltando entradas y salidas, y un ruido, siempre un ruido detrás, un sonido extraño, fabril, que viene de los rieles. La línea divisoria me parece segura, más no confío, en otros, en los imprudentes, me aparto de la línea, pero no puedo dejar este mundo, es el transporte más rápido, el más seguro, además soy urbana aunque no pueda comprender semejante definición.
Soy una futura madre no planificada. La píldora del día después, no la busqué, dudé, además siempre me pregunto ¿del día después de qué?. Recuerdo una canción, no es precisamente de esta ciudad pero me dice algo sabio, .. “chivo que rompe tambor con su pellejo paga”. Por Dios, casi revelo la identidad de esta mujer que soy.
Estoy llegando a mi destino, mi casa, donde seguiré siendo una carga para mi marido que me ama. Todo bien en la consulta, pero ahora todo es incierto, sigo con esa sensación y ese sabor extraño en mi boca, voy directo al refrigerador, por fin en casa; repito mis plegarias una y otra vez, mis pasos rápidos van en una sola dirección. Gracias Señor, gracias, por permitirme ¡mi batido de leche con chocolate!
nota: Esto es ficciòn.
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